La torre de marfil

Blog de Eduardo González Cueva

Hundan la memoria

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En el Perú se comienza por barrer con la memoria individual y se termina, como un pirómano, tratando de acabar con la memoria de los demás. Primero, se busca la amnesia individual, luego se busca la amnistía general: la prohibición de recordar.

No de otra manera se explica que alguien como Giampietri, implicado en la matanza de los penales, pase, del borroneo de ese episodio, a convertirse en el campeón de una amnistía a los militares violadores de derechos humanos, y -por último- a hundidor de la historia de todos los peruanos.

Imagínense ustedes a Giampietri -¡Giampietri!- logrando lo que no pudo lograr toda la flota chilena. Es risible.

El Huáscar, como deberíamos recordar, fue saboteado en los últimos momentos de la gesta de Angamos para impedir su utilización por la Armada enemiga, no para arrancarle a los peruanos un motivo de orgullo e identidad nacional.

Pero el vicepresidente de le República plantea que la mejor manera de enfrentar el pasado es hundiéndolo.

Más que hundimiento, se trata de un naufragio moral.

Claro: es la receta de los Giampietri, Rey y Keiko para el país. ¿Para qué una CVR, para qué juicios, para qué reparaciones? ¿Para qué recordar el Frontón o investigar lo que verdaderamente ocurrió en la residencia del embajador del Japón? Los problemas se resuelven barriéndolos debajo de la alfombra. Si tienes un trauma, mételo al closet.

Es interesante que la propuesta de devolución del Huáscar haya venido de Chile. Es además una idea generosa porque, para Chile, el Huáscar no es (como algunos despistados creen) un trofeo de guerra arrancado a los peruanos, sino la tumba del valiente marino Arturo Prat. Lo queramos o no, la cubierta del Huáscar lleva sangre de chilenos y peruanos y es un espacio sagrado para ambos países.

Es toda una ironía, por último, que el objeto de la destructivida de Giampietri sea la memoria del Almirante Grau, figura tutelar de la Marina de Guerra. Pero es una ironía adecuada. Al fin y al cabo, Grau no pasó a la historia como un carnicero, sino como un caballero, que respetó la vida del enemigo herido, defendió la constitucionalidad y lamentó la muerte de Arturo Prat. Si Grau viviera, para Giampietri sería un caviar.

Da igual, si Giampietri hubiera vivido en la época de Grau, no hubiera servido ni para limpiar la cubierta de la nave que hoy pretende hundir.