La importancia de no matar
“Que lo maten” o “no merece vivir” son las expresiones más usadas en las secciones de comentarios de los periódicos, o en las redes sociales, a propósito de la captura de “Artemio”, el líder de la columna senderista del Alto Huallaga.
Esta fantasía asesina y linchadora emerge cada cierto tiempo, alrededor de alguna figura o conducta que se convierten en enemigo público. Parece que los peruanos no podemos vivir sin la presencia permanente de algún chivo expiatorio en el que descargar miedos y frustraciones: Lori Berenson, Johan Van Der Sloot o Rosario Ponce, da igual; lo importante es encontrar a alguien en quien descargar odio sea socialmente aceptable.
Como el “enemigo público” es generalmente alguien que cae en el amplio espectro que va desde los subversivos hasta los meramente inconformes, a veces parecería que la violencia verbal es derechista. Pero basta darse una vuelta por los vecindarios progres para encontrar que parecida brutalidad se reserva para los curas, las corridas de toros, y algunos personajes de la derecha.
Con tal clima mental, llama a asombro que el ejército de un país así haya capturado vivo a “Artemio”. Su tratamiento luego de la captura, con atención médica y (hasta ahora) sin exhibiciones infamantes, es un voto a favor de la civilización. Sólo cabe pensar que, si hay una orden clara de respetar la vida de quienes están fuera de combate, un grupo disciplinado la cumplirá. Soldados y policías no pueden ser personas cualquiera con un arma. Se supone que son profesionales en el uso y en el control de la violencia física. Que no hayan matado al líder senderista demuestra que es posible tener ese tipo de fuerza pública.
Ya había ocurrido antes, cuando se capturó a Abimael Guzmán, y ha vuelto a ocurrir ahora. Es posible, entonces. Más aún, debería ser lo normal, porque un miembro de la fuerza pública es un profesional y no un adolescente fantaseando frente al teclado. Toda fuerza armada que se respete debe seguir un cierto código de ética, un “honor militar” que ensalza el combate de igual a igual, no contra el herido, el rendido o el civil.
La obligación de respetar ese principio ético, consagrado legalmente en el derecho humanitario, es lo que distingue a una fuerza que defiende la legalidad de una que no lo hace. Una fuerza armada que no toma prisioneros, como ocurrió en Los Molinos, durante el primer gobierno de García; o en la residencia del embajador del Japón, como ocurrió durante el gobierno de Fujimori, se pone al nivel de los criminales. ¿No fue Sendero quien mató a policías rendidos, luego de la toma de Uchiza? ¿No fue el MRTA el que mató a secuestrados inermes?
Pero, si no bastase con los principios, respetar la vida también es lo más efectivo y pragmático: la captura con vida de Guzmán –probablemente el personaje más odiado en la historia del Perú- dio lugar a una de las victorias más importantes en la lucha contra Sendero, cuando el “presidente Gonzalo” capituló ante Fujimori, luego de sólo un año de adulación, administrada hábilmente –hay que reconocerlo- por Montesinos. Por el contrario, obedecer al instinto de muerte, a la opinión más retrógrada e inmoral, sólo empeora las cosas: fue la masacre de los penales en 1986, la que radicalizó el conflicto y le dio mártires a Sendero; fue la idéntica masacre del penal de Cantogrande la causa de sentencias adversas en la Corte Interamericana.
La fantasía de aniquilar a algún enemigo, cuando se une a la orden criminal de matar rendidos nos barbariza, nos retarda, nos mantiene asustados; siempre a la defensiva y dispuestos a creer en cualquier espantapájaros fabricado desde el poder. Habrá que ver lo que ocurre luego de que “Artemio” sea puesto a disposición de la justicia: ¿será que los líderes de opinión vuelven a usar su púlpito para llamar a la venganza, o para educar sobre la función de la justicia? ¿será que se usa esta captura para mantener vivo el cuco o para desactivar las fantasías exterminatorias?
