Dos peliculas indispensables

Publicado: 2006-12-19

Uno de los problemas de la rápida sucesión de tecnologías de la información que vive nuestra época es que, cada vez que un formato o soporte se hace obsoleto, se pierden millones de documentos, ignorados por los jovencísimos innovadores. ¿Quién tuvo la paciencia y previsión de pasar a su nueva computadora los files olvidados en viejos diskettes de 5 pulgadas? ¿Cuántas colecciones de vinilo se han perdido y cuántas grabaciones extraordinarias son inhallables en el formato de disco compacto? ¿Cuántas grabaciones en disco compacto –a su vez- serán ignoradas ahora que el formato principal de almacenamiento será el MP3?Para los cinéfilos, el paso del VHS al DVD ha sido una hecatombe. ¿Quién puede explicar por qué las obras completas de Adam Sandler están disponibles por millones (sin contra piratería), en tanto que es un milagro encontrar que alguna casa se haya decidido a salvar del olvido una película con Peter Lorre? La racionalidad a pateaduras del mercado prioriza por supuesto el pase a la inmortalidad del cine chatarra y la supresión de aquéllos clásicos que no conquistaron el favor de la audiencia, lo que –de paso- pone en situación desventajosa al cine que no está en inglés, al que se dedica a temas políticamente inapropiados, las muy largas o muy cortas, etc.Sorpresivamente, se acaban de salvar del olvido por formato viejo dos cintas extraordinarias: “1900” (Novecento) de Bernardo Bertolucci y “Reds” de Warren Beatty. “1900” aparece a casi 30 años de su estreno en 1977, en un impecable corte de más de 5 horas de duración, que supera la versión comercial de 4 horas que fue un éxito mayúsculo en Europa y Latinoamérica (y un fracaso espectacular en Estados Unidos). “Reds” que aparece exactamente a los 25 años de su estreno, aparece en una edición acompañada por entrevistas a Warren Beatty.“1900” fracasó comercialmente pese a la fama de Bertolucci, que acababa de deslumbrar al mundo con “El último tango en París”, probablemente por la dificultad commercial que siempre ha acompañado a las películas épicas desde “Intolerancia”. Era tal vez demasiado pedir que triunfara comercialmente la historia de dos hombres nacidos en 1900, patrón uno, campesino el otro, que a través de su relación cuentan la historia de la Italia rural hasta 1945, incluyendo la modernización del agro, la emergencia del socialismo y el fascismo.Y, sin embargo, “1900” es una de las películas más ambiciosas de Bertolucci, con una arquitectura narrativa compleja y exhuberante. La historia del "padrone" Alfredo Berlingheri (Robert De Niro) y el campesino Olmo Dalco (Gerard Depardieu) se cuenta en cuatro grandes momentos, a semejanza del trabajo agrario que sigue a las estaciones: en la primera parte, la niñez de los personajes transcurre en un verano dorado y perpetuo, entre los colores vivos de trigales y bosques; la juventud, en la que Alfredo demuestra su incapacidad de rebelarse frente a las expectativas de su clase y Olmo no tiene otra alternativa que rebelarse, ocurre en un otoño nublado y opaco. El ascenso del fascismo y los horrores cometidos por el “camisa negra” Attila Melanchini (Donald Sutherland) ocurren en un permanente invierno, donde el color ha desaparecido y –por último- la liberación y el juicio popular contra el "padrone" tienen lugar en primavera. De hecho, Bertolucci, filmó “1900” por un año entero para reflejar con la luz natural de las estaciones las diversas fases de la historia.Como en cada película de Bertolucci, la cámara se detiene amorosa o admirativamente ante los rostros, en este caso, los rostros del gran actor colectivo que es el verdadero personaje central de la trama: el campesinado italiano, estoico, obstinado, heroico. La película refleja las multiples formas de resistencia al poder de los campesinos bajo un sistema patriarcal, su adopción de formas modernas de organización sindical, el permanente sabotaje al control fascista, y la riqueza de sus tradiciones.La relación entre Alfredo y Olmo es una metáfora de la historia política de Italia hasta el fin de la guerra fría: la relación entre una democracia cristiana cínica, desencantada y en el poder y un comunismo activo, imaginativo y permanentemente excluído. Alfredo y Olmo pasan toda la película peleando físicamente, cayendo al suelo abrazados en algo que no se sabe si es lucha o amor, y en la última escena, Olmo lleva a Alfredo a empujones por el camino; algo así como la permanente política reactiva de la democracia cristiana frente a las iniciativas de lo que fuera el partido comunista más poderoso de Europa occidental.“Reds” es una historia distinta, porque sigue la vieja receta americana de la historia “boy meets girl”, pero similar porque muestra una anécdota humana empequeñecida por las corrientes masivas de la guerra y la revolución. “Reds” es la historia de John Reed (Warren Beatty), el autor de “Diez días que estremecieron al mundo”, el celebrado reportaje de la Revolución de Octubre, y Louise Bryant (Diane Keaton), su compañera.Donde “1900” presenta personajes y costumbres exóticas con la naturalidad del documental, “Reds” es una historia de extremistas, vanguardistas, seres raros que desafían a las convenciones del mundo en que viven en nombre de un ideal: la autonomía personal, los derechos laborales, la libre expresión. Acentúa el sentido de extrañeza el hecho de que Beatty interrumpe continuamente la narración para presentar testimonios de ancianos que conocieron a Reed y Bryant. Hay entre estos testigos antiguos luchadores sociales, antiguos diletantes, tradicionalistas y rebeldes; cantan los viejos himnos, cuentan anécdotas o se niegan a contarlas: imparten legitimidad a la historia y sitúan la experiencia de un héroe –su contemporáneo- eternamente joven por haber muerto de forma temprana.“Reds” es una clásica historia de la revolución devorando a sus hijos y comenzando por los más ingenuos. A Reed, la admiración por la toma bolchevique del poder lo transforma de un radical de café en un apparatchik, pese a la decepción creciente de su compañera y de los intelectuales progresistas que alertan sobre la dictadura de un solo partido en que estaba convirtiendo la primera revolución socialista. Louise sigue siendo fiel a sí misma, a su identidad, a sus búsquedas creativas, a su sexualidad, en tanto que Reed se traiciona y se somete a la disciplina del grupo y a las exigencias mezquinas de la lucha interna. Su desesperado intento final de escapar llega muy tarde y debe conformarse con la agonía al lado de la mujer amada.En “Reds” hay también un gran actor colectivo: la gran masa de trabajadores a quienes se les niega el poder en los Estados Unidos y que son capaces de tomárselo en Rusia. Pero en esta historia, los trabajadores son sólo el telón de fondo para Reed y Bryant, que no dejan los papeles centrales. Por último, como en “1900”, un tercer actor, a cargo de una historia marginal, amenaza con llevarse el rol principal: Jack Nicholson, que encarna a un Eugene O’Neill cínico en política pero romántico en su vida personal, un personaje rico y desconcertante.Ambas películas son visualmente espectaculares, el legado de Vittorio Storaro que fue el director de fotografía de ambas y se llevó un Oscar a casa por su trabajo en “Reds”. La entrega en video no exime al mundo de la necesidad de hacer un reestreno en pantalla grande pronto.Ambas películas parecerían reliquias, tráfico de la nostalgia de una era de idealismo y modernidad inimaginable en este nuevo siglo refeudalizado y teologizado. El comunismo, central en ambas historias, no existe como ideología estatal más que en un puñado de países y –aún en ellos- como superestructura política gravemente afectada por la deslegitimación. Italia ya no es el país polarizado anterior al fin de la guerra fría (ese raro honor le corresponde a Chile), no existen íconos del cambio social, faros de luz admirados por los radicals de todo el mundo (Chávez, a pesar de todas sus carantoñas no es un Fidel y mucho menos un Lenin). Y sin embargo, ambas películas son aplastantemente interpelantes: ¿cómo evitar una reflexión sobre la dimension política de lo privado al verlas? ¿cómo ignorar el poder –hoy lo vemos- movilizador de una causa transmitida directamente, sin medios masivos, a través de afiliaciones tradicionales entre los excluídos? E incluso en sus aspectos más “anticuados” y políticamente “inconvenientes”, ¿cómo atreverse a ignorar la existencia –la necesidad- de utopías capaces de estimular el compromiso práctico de millones de hombres y mujeres?