Viñetas de las memorias: una respuesta

Publicado: 2010-07-22

Javier Torres ha escrito en un reciente artículo que existe el peligro de querer convertir el Informe de la CVR en una “nueva memoria hegemónica” igual de intolerante que las de los actores de la guerra.

El argumento es muy similar al que presentó hace casi diez años, durante el trabajo de la CVR, la antropóloga Kimberly Theidon. Ella, con base en su trabajo etnográfico en comunidades ayacuchanas, demostraba que no existía “una” memoria subalterna opuesta a la memoria oficial, sino muchas memorias subalternas, con fuertes tensiones entre sí. El ejemplo más claro, que respondía a un problema que la CVR estaba en ese preciso momento constatando, era el de la represión en las comunidades hacia las versiones de las mujeres. En algunos lugares existía un veto directo a escuchar a las mujeres, descalificadas a veces como "locas" o "mentirosas" por los hombres en posiciones de autoridad.

La conciencia crítica de esa multiplicidad de memorias, incluso en el espacio de las víctimas, eventualmente conllevó a que la CVR aceptara explícitamente que su versión de los hechos era “contrastada intersubjetivamente” y –como directa consecuencia- “perfectible”; un relato abierto al “perfeccionamiento constante” y a la “reescritura continua”. Toda la metodología de la comisión está construida sobre esa aceptación de falibilidad como condición del razonamiento científico: los números son los más probables; la convicción alcanzada, siempre en relación a la evidencia disponible.

Lo planteado por Javier recoge, por lo tanto, la lógica del informe de la CVR. ¿Se justifica, entonces, la sospecha de que el informe abriga algún tipo de vocación autoritaria, tal vez orwelliana? No.

La crítica no puede estar dirigida al Informe que, como no es una versión perfecta, sólo puede aspirar a ser una base, la más exhaustiva de que disponemos, eso sí, para discutir nuestras memorias.

Se sigue, entonces, que la crítica tiene que estar dirigida a un “nosotros” que ha pecado de ingenuo (y que podría pecar de autoritario): el movimiento de derechos humanos. Hemos, dice Javier, “querido forzar procesos”, “hemos exagerado”.

Creo que necesitamos dos cosas para profundizar el debate: (1) más claridad y (2) una alternativa. Sobre lo primero, hay que precisar cuándo es que el movimiento de derechos humanos exageró: ¿Al luchar por una CVR? ¿Al poner todos los nombres juntos en el Ojo que Llora? ¿Al pelear por que se aceptara la donación por el museo de la memoria? Y si hubo exageración en cualquiera de esos temas u otros, ¿se está proponiendo abandonar algunas de esas peleas? ¿replantearlas? Y ahí viene lo segundo: ¿en nombre de qué alternativa?

Como Javier, yo estoy poseído del pesimismo más oscuro respecto a las posibilidades de crear memoria en forma democrática e incluyente, al menos en este momento. Creo que la ultraderecha (con ayuditas de la ultraizquierda) ha ganado muchos adeptos para la noción de que la CVR fue una gran mentira, un complot de izquierdistas rosados empeñados en un fraude descomunal. De hecho creo que –aún en el supuesto negado de que alguien en el movimiento de derechos humanos quisiera instaurar la memoria de la CVR como la nueva memoria hegemónica- no se podría, porque en este momento vivimos en la normalidad: es decir, en la defensiva, en el peligro, en el momento en que las víctimas constatan, que como decía Benjamin, “el enemigo no ha cesado de vencer” y que si finalmente vence, “tampoco los muertos estarán seguros”.

Pero creo que la respuesta a esa gran grisura no es tirar la toalla, y creo –conociéndolo- que Javier estará de acuerdo. Lo que queda por hacer es consultar con la gente, en particular con las víctimas, que son quienes –más allá del “nosotros” del movimiento de derechos humanos- se siguen manifestando y siguen arrancando concesiones del Estado. En efecto, esa consulta tiene que ser amplia y comprehensiva: pero eso no puede implicar poner todas y cada una de esas versiones en pie de igualdad. La construcción de memoria no es la construcción de un monolito, pero requiere al menos la reducción en el espacio público de ciertas mentiras evidentes, al decir de Ignatieff.

Dicho de otra manera: Javier tiene razón al señalar que hay que ir a hablar con los miembros de las fuerzas del orden mutilados en la lucha contra Sendero y con las víctimas de masacres cometidas por las fuerzas del orden, en la medida en que todos han visto sus vidas marcadas por la violencia. Pero eso de ninguna manera puede significar que ahora haya carta blanca para volver al negacionismo: no hay lugar luego del Informe de la CVR para que las versiones del “Agente Carrión” o de “Kerosene” súbitamente gocen de prestigio. En eso, estaremos de acuerdo.

Además, no puede perderse de vista que el diálogo entre las memorias no es simplemente un ejercicio hegemónico, sino que tiene también una dimensión legal, universalmente reconocida, de derechos humanos. La memoria no es completamente política y no se aprueba por referendo: el ejemplo más claro es el duelo de las víctimas. Estas tienen derecho a ejercerlo y a saber lo que ocurrió en la forma más exacta posible. No se puede renunciar –por más que las memorias sean falibles y contradictorias- a la pretensión de  reconstrucción forense de los hechos, porque las víctimas requieren saber lo que ocurrió y porque la verdad no es mas que un elemento de la justicia, indesligable de la sanción penal contra los perpetradores y de la reparación integral a las víctimas. Ahí no hay margen para exageración alguna.

Por último, el artículo de Javier levanta un tema que, aunque es lateral a su argumento central, no es menos importante: sugiere claramente que el diálogo por la memoria no puede limitarse a la esfera política nacional, sino que debe darse democráticamente en las múltiples esferas políticas locales. Es inaceptable que un alcalde destruya un monumento con nocturnidad, como lo hizo el alcalde de Villa María del Triunfo (o como hizo Castañeda, nos guste o no, desplazando la estatua de Francisco Pizarro). Del mismo modo, es inaceptable que un alcalde le imponga un monumento a su distrito o que se monte oportunistamente en ese vehiculo.

No hay atajos en el laberíntico camino de las memorias.

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