Yo me quedo en casa

País de las oportunidades aprovechadas

Publicado: 2010-07-27

 

 

Es este tu país, porque si tuvieras que hacerlo,

Lo elegirías de nuevo

Para construir aquí

Todos tus sueños.

Marco Martos

 

Basadre decía que la historia era la enseñanza no sólo de lo que habíamos sido, sino de lo que podíamos haber sido y no fuimos. Lo mejor de nuestra reflexión histórica nacional ha sido eso: un balance de "lo que hemos sido y debemos dejar de ser". Sin pretensión alguna de originalidad, algo de eso he planteado en mi artículo anterior.

Sin embargo, precisamente la misma intuición de Basadre nos indica que una larga ruta de derrotas y oportunidades perdidas ha de ser también una de victorias y oportunidades aprovechadas.

¿Somos, entonces –a diferencia de lo que sugiere nuestro pesimismo nacional y nuestra baja autoestima- un país de oportunidades aprovechadas? ¿Por qué no pensar así? ¿Por qué no medir las victorias y las derrotas, y buscar que las primeras sean más? Los ejemplos también están a la mano, para argumentar a favor de esta hipótesis:

1824: Victoria en Ayacucho. Un general de 29 años al mando de un ejército de lanceros afrocolombianos derrotó e impuso la capitulación a un ejército realista que le superaba en fuerzas pero no en audacia. El Perú había sido el bastión del poder español en América, pero una alianza (que jamás se ha vuelto a repetir en la historia de nuestro continente) de venezolanos, colombianos, chilenos y argentinos, logró la independencia e hirió de muerte al colonialismo español, 150 años antes del colapso de los imperios británico y francés.

1854: Fin de la esclavitud. La emancipación no fue el resultado de un plumazo en un papel, sino de cientos de años de rebeldía y cimarronaje. La bonanza del guano y la necesidad de ganar una de nuestras tantas guerras civiles abrieron una oportunidad para lograrla, y ese es el mérito de Castilla, 30 años después de la independencia. Que queda mucho por hacer contra el racismo en nuestro país es un hecho pero, en 1854, una década antes que los EEUU y dos generaciones antes que en el Brasil, se dio un paso fundamental.

1919: La conquista de las 8 horas. No está de más recordar que fueron los trabajadores los que con huelgas, prisión y martirios conquistaron sus derechos. Fueron los sindicatos, no un mandato divino, los que crearon el sábado y el domingo, el tiempo para estudiar y el tiempo para compartir con la familia. En estos tiempos de precarización legalmente sancionada, conviene emular a los trabajadores de Vitarte que –en alianza con los estudiantes de San Marcos- ganaron con su huelga general uno de los derechos más básicos para una sociedad moderna y justa.

1969: La Reforma Agraria. La caída de Belaúnde en 1968, sin pena ni gloria, fue obra de fuerzas armadas radicalizadas luego de las guerrillas de Luis De La Puente. Velasco y una buena parte de los militares reformistas estaban seguros de que -en ausencia de cambios- el país se desintegraría. La reforma agraria, independientemente de su fracaso económico, cambió la composición de las clases dominantes, reduciendo a la oligarquía terrateniente a la insignificancia política y abriendo el terreno a un sistema económico y a una sociedad más modernos.

2000: Marcha de los 4 Suyos. Luego del fraude electoral de la primera vuelta del 2000, lo normal en la política peruana hubiera sido el acomodo: aceptar participar en la segunda vuelta, o aguantarse 5 años más. Al fin y al cabo, eso es lo que varios partidos habían hecho en 1992 cuando aceptaron co-escribir la constitución de Fujimori. En vez de que ocurriese lo normal, sin embargo, se logró una amplia alianza de todos los partidos políticos contra la dictadura, que aprovechó y potenció la masiva indignación social. La caída de Fujimori –conviene recordarlo- no fue el resultado de una negociación, como tantas transiciones democráticas en otras partes del mundo, sino un masivo acto de soberanía popular; una oportunidad aprovechada.

Es cierto: el proyecto que llamamos Perú ha sido muchas veces víctima del conservadurismo que inmoviliza, del radicalismo impotente y de la corrupción. Sin embargo vale la pena recordar que -a pesar de la nada santa alianza de congelados, incendiados y podridos- somos “también, felizmente, posibilidad.”

Fuente de la imagen.


Escrito por

Eduardo Gonzalez

Descendiente del gitano Melquíades. Vendo imanes. Opino por mi y a veces por mi gato.


Publicado en

La torre de marfil

Blog de Eduardo González Cueva