la reforma política debe continuar

Ciudadanos de la jauría

Publicado: 2011-08-24

"Toda persona acusada de un delito es inocente hasta que no se demuestre lo contrario." ¡Cuánto nos falta como país para llegar a que este principio se convierta en una convicción compartida en vez de una ingenuidad! En efecto, en el Perú, las actitudes públicas respecto a la inocencia o culpabilidad dependen, no de los hechos, sino de la identidad del acusado. Pertenecer a un grupo marginalizado, no conformar al modelo de comportamiento que se espera de uno, no tener poder político, son demostraciones de culpa más importantes que la investigación judicial.

El caso de la desaparición del estudiante Ciro Castillo en el Colca es un ejemplo perfecto. La sobreviviente, Rosario Ponce, se ha convertido en el último depositario de los miedos y ansiedades de una ciudadanía que parece necesitar permanentemente de algún chivo expiatorio fabricado por una prensa crónicamente incapaz de profesionalismo.

Ninguno de los supuestos indicios que la prensa ha agitado para culpabilizar a la sobreviviente del Colca tiene la menor solidez. Cualquier fiscal sabe que estaría malgastando recursos con una acusación penal sin pruebas, y que la defensa tendría una tarea fácil por delante. Al fin y al cabo, la presunta culpabilidad de Rosario Ponce se sostiene en “pruebas” tan ridículas como la “sicografía”, es decir, una “carta dictada por Ciro” desde el más allá a un vidente (de acuerdo al film Rashomon, tal método era válido en el Japón feudal); o el análisis gestual, según el cual la forma en que un sujeto mueve las manos o dirige la mirada evidencia la verdad o la mentira (ver en "La República").

Hemos llegado pues –al cabo de décadas traumas sociales y mediocridad periodística- a declarar nuestra completa independencia de la realidad. Los datos ya no interesan, sino la creatividad. La justicia es innecesaria si hay a la mano un argumento. El caso Colca demuestra que somos una sociedad en la que buscamos permanentemente oportunidades de atacar en mancha, de cebarse en el que no se puede defender. Atacar al monstruo de turno –sea Rosario Ponce, Lori Berenson, Martha Chávez o Nadine Heredia- es participar en un ritual de pertenencia, en una violencia verbal socialmente aceptable, en la ciudadanía sangrienta de la jauría.

No es casual, por cierto, que tantas veces el objeto de nuestros cargamontones sean mujeres. De ellas se espera que sean tiernas, privadas, sufrientes y leales. ¿Por qué no camina Rosario, como una peregrina, por el Colca, en vez de seguir con su vida? ¿Por qué hay mujeres que gritan e insultan? ¿Por qué hay mujeres que quieren poder? ¿Por qué se visten así? ¿Por qué sonríen? ¿Por qué no lloran? La culpabilidad del monstruo de turno no radica en lo que pueda haber ocurrido en el Colca, sino en su comportamiento hoy. De hecho, el periodista Beto Ortiz ha llevado esta lógica a su extremo más obvio: como una mujer no puede hacer las cosas solas, menos aún algo tan enorme como un delito, tiene que haber un “hombre detrás”, que para Ortiz es un maligno ex integrante del SIN, o un ex-novio.

Pero, además de la violencia sexista del linchamiento mediático de Rosario Ponce, hay una profunda hipocresía –no, cobardía- en el olvido interesado de que el Perú es un país con 15,000 desaparecidos como resultado del conflicto armado interno, cada uno de los cuales tiene una familia tan valiente y tan sufriente como la del estudiante del Colca. En la absoluta mayoría de las desapariciones internas se sabe perfectamente qué instituciones estuvieron, no detrás, sino al frente del delito; se sabe qué políticos en actividad tienen responsabilidades; en muchos casos hay acusaciones abiertas y sentencias internacionales; pero cierta prensa no mueve un dedo para ayudar a esclarecer esas desapariciones con responsable a la vista. La diferencia es obvia: no lo hacen por miedo; porque una cosa es aplastar a una persona impopular y sin defensa y otra muy distinta es tocar a un político con poder.

¿Qué tiene que hacerse para que en el Perú haya un abogado que le recuerde al público que no se puede juzgar a alguien sin pruebas? ¿Qué tiene que ocurrir para que un editor diga “basta” la próxima vez que le lleven un artículo amarillista? Ambas preguntas son una protesta ingenua, impotente; porque hasta que no encontremos maneras de canalizar nuestros conflictos en el diálogo entre ciudadanos, seguiremos necesitando rituales no cívicos de violencia y cobardía.


Escrito por

Eduardo Gonzalez

Descendiente del gitano Melquíades. Vendo imanes. Opino por mi y a veces por mi gato.


Publicado en

La torre de marfil

Blog de Eduardo González Cueva