Manchakuypi Kay

Orlando en Lima

Normalizar la homofobia es normalizar la violencia

"Se estaban besando y acariciando. Lo estaban haciendo frente a mi hijo”

Omar Mateen

Publicado: 2016-06-14


Según ha declarado el padre de Omar Mateen, el asesino de Orlando, su hijo le haba dicho que estaba furioso con los gays porque se había cruzado en la calle con dos de ellos, mientras se besaban.

“Se estaban besando y acariciando. Lo estaban haciendo frente a mi hijo,” dijo el asesino.

En efecto, el crimen, por el que algunos han querido culpabilizar a la religión que Mateen decía practicar, parece responder a una razón mucho más sencilla: la pura y simple homofobia de un tipo cargado de fracasos y contradicciones que – a diferencia de otros homofóbicos comunes y corrientes- tenía la capacidad de conseguir un rifle de asalto, gracias a las permisivas leyes estadounidenses.

A Omar Mateen le daba temor que las parejas del mismo sexo fuesen públicas. Como tantos homofóbicos, no se hacía problema con que fuesen invisibles: “Hagan lo que quieran, pero en su casa” es la frase al uso. Y en vez de admitir responsabilidad por sus propias opiniones, se escudaba en la inocencia de su hijo de tres años. “Cómo hacen eso frente a los niños”, es otra de las frases comunes.

La razón por la que el asesino le tenía horror a la homosexualidad pública es que quería mantener su propia identidad sexual en secreto. El sexo le atraía y repugnaba a la vez; lo consideraba, seguramente, un placer culposo, lleno de secretas vergüenzas. Ahora sabemos, por testimonios de los sobrevivientes, que era asiduo del club donde cometió la masacre; y se ha descubierto que participaba en redes de ligue gay. Todo, por supuesto, en secreto. Su reacción ante una pareja gay pública debía ser una mezcla de envidia, extrañeza y vergüenza que terminó expresando en forma de odio.

Por otro lado, la excusa de proteger a los niños es absurda, como todas las excusas homofóbicas. Nadie en su sano juicio decide proteger a su hijo de una pareja que se besa en la calle, cometiendo un acto que deshonrará su nombre para siempre. Un niño que camina con su padre y ve una pareja que se besa tal vez ni siquiera levante una ceja, porque los niños no tienen problema con el afecto. En cambio, todos los niños reaccionan con temor ante la violencia: un niño que vea a su padre cometer un crimen quedará marcado para siempre.

Mateen se casó para mantener las apariencias, y luego se esforzó en confinar ese matrimonio al marco privado. Ya había cumplido y no tenía por qué cultivar su relación. Forzaba a su esposa a quedarse en casa, le pegaba y se ausentaba con frecuencia. Como muchos homofóbicos, cultivaba la apariencia de ser un heterosexual más, parte de la cómoda mayoría. En algún momento, la hipocresía explotó y, con la oportunidad de conseguir un arma, y el pretexto de lecturas mal digeridas, se convirtió en un masacrador.

Pero sería absurdo verlo como un caso único o aislado. En realidad, es un caso paradigmático: ahí está el rechazo a la visibilidad, ahí el pretexto de los niños, ahí la amenaza de violencia. ¿Acaso nos hemos olvidado de lo que dijo el Sr. Philip Butters, con completa impunidad hace un tiempo, en la radio peruana?

“Yo por la mañana voy al nido de mi hija y si veo a dos lesbianas u homosexuales chapando les pido por favor que se vayan a la primera y segunda, a la tercera ya los estoy pateando.”

Idéntico, punto por punto. Esta es la agresión verbal que en la opinión pública peruana se sanitiza como una “declaración polémica”, y este es el tipo de matón que una prensa mediocre ha convertido en líder de opinión. Una amenaza no es una opinión que merezca nombre de tal en una sociedad democrática.

Las justificaciones de la violencia por parte de personas como Butters incentivan a otros homofóbicos a considerar que su odio es aceptable. Crean el clima para el asesinato, hace unos días, de Zuleimy Sánchez, niña transgénero de sólo 14 años, muerta a balazos porque un acosador no pudo aceptar su identidad sexual.

Y crean el clima de intimidación y oscurantismo necesario para que el Congreso se niegue a penalizar los crímenes de odio; o para que el Ejecutivo ignore los derechos de las personas LGBTI en las políticas nacionales; o para que la candidata que obtuvo el 49% del voto se comprometa a “rechazar la adopción de niños de personas del mismo sexo” (sic), y un largo etcétera de discriminación y violencia.

Así que ya sabemos: la expresión “¿Por qué se besan en público, delante de los niños?” no es una defensa indignada, de la honra. Es una amenaza de violencia. Cuando la escuchemos, debemos responder con firmeza.


Escrito por

Eduardo Gonzalez

Descendiente del gitano Melquíades. Vendo imanes. Opino por mi y a veces por mi gato.


Publicado en

La torre de marfil

Blog de Eduardo González Cueva